Ida de olla 22-4-2004

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No sé cómo empezó todo, bueno, si, claro que sé cómo empezó, quiero decir que no me explico cómo han podido enrevesarse tanto las cosas para hacer posible esta situación.
El caso es que nunca he sido demasiado sociable, no digo que no tenga amigos a los que frecuento muy de cuando en cuando, todos ellos tienen pareja y yo que no la tengo, bueno, que ya no la tengo, me siento un bicho raro, raro por mi prolongada soltería y porque la circunstancia de juntarme con mis camaradas, que debería de ser motivo de alegría, no hace más que entristecerme al notar como pasa el tiempo, cómo hemos cambiado, y yo me muestro huraño, y ellos me notan raro, y terminan pasando de mí, quedan todos para cenar y se olvidan de invitarme, me ponen excusas cuando intento montar una salida todos juntos…
Pero no, no es este el apartado de mi vida al que me refiero, es el trabajo, yo prefiero mantener el trabajo y mi insulsa vida privada como lugares estancos, que no se mezclen entre ellos.
Yo en el trabajo soy el tipo gris, eficaz y reservado del que apenas nadie sabe nada y del que nadie se preocupa. Yo intento rehuír cualquier oportunidad de relacionarme socialmente con mis compañeros de trabajo, cenas de navidad, convenciones comerciales y similares.
Un día vinieron unos clientes extranjeros y mi jefe creyó que sería una buena idea llevarlos a cenar con todos los que trabajábamos en el proyecto y luego irnos de marcha, la sola idea me ponía enfermo y cómo surgió de improviso tuve que inventarme una excusa rápida, si hubiera tenido un poco más de tiempos eguramente se me hubiera ocurrido algo menos embarazoso. “Lo siento, no voy a poder, mi novia está enferma y tengo que quedarme cuidándola… no, no es nada, la gripe, que este año viene fuerte” de repente en el trabajo me miraron diferente, el extraño y probablemente onanista Martínez tenía novia, habría que verla si es que es cierto que siempre hay un roto para un descosido.
Pero en realidad no hice sino despertar su curiosidad, me preguntaron por ella, quisieron indagar, me preguntaron si tenía fotos, yo recorté una fotoque vi en una revista, era guapa pero sin pasarse, enmarqué la foto y la puse encima de mi mesa. Cuando un compañero se casó hicieron los típicos chistes de rigor “tú serás el próximo, eh?”
Pasados unos años la situación iba perdiendo credibilidad, así que decidía casarme, “algo íntimo, sólo para los amigos” y de paso pude disfrutar de dos semanas de vacaciones.
A la vuelta a la oficina mi estatus cambió, yo ya era uno de los casados, había rebasado la línea que separaba a los “junior” de los “senior” dejé de ser “el chico” y mis opiniones empezaron a ser tenidas en cuenta, así que me sentí muy satisfecho por mi matrimonio imaginario.
Un día vino un compañero por casa, tenía que entregarle unos documentos y mientras yo los buscaba entró en mi habitación y observó mi cama estrecha de soltero, le di las explicaciones que me pedía:”mi esposa esta en casa de sus padres, su madre está enferma y mientras tanto aprovechamos para cambiar la cama, esta es una provisional que nos han dejado” pareció contentarse, y me dio el pésame cuando se murió mi suegra, después de una larga y dolorosa enfermedad.
La semana siguiente compré un dormitorio nuevo, con una cama enorme en la que podía perderme.
Según fui ascendiendo en la empresa cada vez se me hacía más difícil fingir un matrimonio que no existía, contraté a una actriz que se hizo pasar por mi mujer en 2 ocasiones, yo ya había retirado la fotografía de mi mesa, y en el vago recuerdo que pudieran tener de ella era bastante posible que con los años aquella mujer se hubiera transaformado en mi acompañante. Pero la situación era muy poco creíble, la actriz por muy buena que fuera carecía de esa química que tienen los matrimonios después de los años.
COn el tiempo la salud de mi mujer fue empeorando, la excusé de asistir a los eventos que le pudieran corresponder “la pobre, está muy frágil, es un princesa en su torre de marfil, apenas sale…” todos se preocuparon mucho y me mostraron su solidaridad, me preguntaban casi a diario por ella, me llamaban incluso los compañeros de las delegaciones de provincias, y yo me inventaba un parte de novedades en el que la compañera de mi vida iba languideciendo poco a poco, hasta que un día, hace unos días nos abandonó. No me costó fingir un enorme pesar, el presidente de la empresa me llamó a su depacho y ahí me abrazó, me pareció ver lágrimas en sus ojos.
El entierro fue como nuestra boda, familiar e íntimo, la incineramos y esparcimos sus cenizas por el Pirirneo, en aquella zona a la que tanto le gustaba ir en verano. Legó al tanatorio una corona de parte de todos mis compañeros y después de dos días yendo de un lado a otro ya que no encontraban a la tal I. J. terminaron por tirarla a la basura.
Ahora estoy tumbado en mi cama superdesarrollada, miro a la derecha dónde supuestamente ella debería de haberse acostado cada noche a mi lado, pero sólo veo un vacío que en este momento se me antoja desgarrador. La echo mucho de menos.

6 balas

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Cuando murió su padre le dejó solamente un paquete cuidadosamente cerrado y un sobre que debía de abrir cuando fuera mayor de edad.
Pasó una infancia muy dura, su familia no era especialmente querida, habían sido los caciques locales durante años, pero al morir su padre quedaron sólo su madre y él, y los vecinos se cobraron con creces loas años de tragarse bilis y orgullo. Lo perdieron todo y él tuvo que trabajar duro desde que era un niño, el primero en su familia desde hacía varias generaciones que necesitaba recurrir a su esfuerzo (y no el de los demás) para ganarse su sustento.
Cuando cumplió los 16 años decidió que ya era suficientemente mayor como para abrir el sobre y ver qué contenía el paquete, abrió el sobre y encontró una nota y otro sobre cerrado, leyó la nota, decía así: “hijo mío, cuando creas que estás preparado para ser el amo podrás ver qué es lo que contiene el paquete”
Decidió que aún era demasiado joven, no sabía en qué consistía ser el amo y qué consecuencias podría reportarle. Pasó el tiempo, fue madurando y una expresión de dureza se fue adueñando de su cara, sentía rencor hacia los demás, hacia los que se reían de él, hacia aquellos para los que ahora tenía que trabajar. Decidió que era el momento, tenía 19 años.
Primero abrió el paquete, contenía un estuche de madera labrada, lo abrió y vio que en su interior había un revolver y 6 balas, el arma era de un brillo indescriptible, refulgente y limpio, parecía estar hecho de plata. Las cachas eran de nácar más blanco que se podía encontrar. Abrió el sobre y se encontró una nota y un nuevo sobre sin abrir, leyó la nota: “hijo mío, lo que te dejo es este revolver y 6 balas, son las 6 últimas balas que quedan en el mundo, las armas han desaparecido y con esta tu serás temido y podrás ser el amo. Cuando sólo te quede una bala de las 6 abre el último sobre”
Cargó cuidadosamente las balas en el revólver y lo escondió detrás de un armario, tener la última arma que quedaba sobre la tierra le hizo sentir extraño, no sabía qué tenía que hacer exactamente con ella.
Un día, pasadas unas semanas, en la taberna se metió en una pelea, unos borrachos le preguntaron por “la puta de tu madre” y él se arrojó sobre uno de ellos, golpeándole con los ojos cerrados. Lo cogieron, lo agarraron entre varios y le pegaron concienzudamente, se calló al suelo y le patearon las costillas, después, a patadas lo echaron fuera de la taberna. Se levantó, no sabía dónde encontró las fuerzas para hacerlo, renqueante llegó a su casa, dónde su madre, espantada le curó las heridas, fue a su habitación y sacó el revolver de detrás del armario, lo asió, con fuerza, ensayó varias veces en el espejo para aparentar una firmeza que no tenía. Salió de la casa con el arma oculta en el bolsillo de la chaqueta, se encaró con el hombre que anteriormente había insultado a su madre, discutieron, se enzarzaron, echó mano al revolver y le descerrajó un tiro en la cabeza, todo quedó manchado de sangre, sesos y trozos de cráneo, se hizo un corrillo a su alrededor, esgrimió el arma y dijo: “quién quiere ser el siguiente? a que ya no tenéis ganas de reíros de mí y de mi familia, que sepáis que las cosas han cambiado, ahora yo soy el amo”. Salió del bar y llegó a su casa con las piernas temblando, ya no había vuelta atrás.
Dejaron de meterse con él y no tuvo necesidad de volver a trabajar para nadie, a partir de ahora todos trabajaban para él, le pagaban y él garantizaba su seguridad.
Un día se enamoró de una mujer, preciosa y encantadora, lo que todo hombre querría, incluyendo él que era su marido. Se presentó en su casa y le dijo al marido: “quiero a tu esposa, dámela y no te pasará nada” el marido se negó y él no tuvo otra opción que matarlo, la mujer, ya viuda desde entonces vivió aterrorizada, tanto que no le costó demasiado esfuerzo ser una buena esposa.
Vivieron juntos y formaron una familia, tuvieron hijos que fueron todo lo mal criados que él no pudo ser en su momento, todo era placidez en su vida y casi se olvidó de que tenía pistola.
Pero esta placidez sólo existía de puertas adentro de su mansión, en las calles todos le temían, lo odiaban en secreto, en voz baja y con temor a manifestarse y provocar su ira. Pero los suspiros se hicieron sollozos y los sollozos conversaciones secretas, la situación parecía una olla a presión.
Un día se presentó un hombre en la puerta de su casa, aporreó la puerta y exigió hablar con él, lo hizo pasar amablemente, le ofreció una copa, un puro, le pegó un tiro y colgó su cadáver de un poste en mitad de la plaza para que todo el mundo pudiera verlo.
Fue a verlo, su mejor amigo, el único que tenía, le rogó que volviera a ser el de antes, le dijo que hacía tiempo que no le veía sonreír, todo el mundo lo temía, pero también lo odiaba y el odio era más difícil de detener que el cauce de un río. Le pidió que tomara un decisión, o las cosas volvían a ser como antes o lo perdía como amigo. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando lo mató.
La situación se hizo insostenible, tuvo que contratar hombres para que lo protegieran y otros hombres para protegerlo de estos últimos, su casa se convirtió en una fortaleza de la que no entraba ni salía nadie.
Finalmente su madre, la única persona que le quedaba le reprochó lo que estaba pasando. Él montó en cólera: “cómo has podido, tú? por quién he hecho todo esto, cómo puedes reprochármelo, yo lo habría dado todo por ti, sólo he pedido tu confianza y tú no me la has dado”. No lloró cuando le pegó un tiro a su propia madre, ni siquiera cuando dedicó su último suspiro a decirle que le quería.
Recordó que sólo le quedaba una bala y que su padre le había dejado un sobre para tal circunstancia, lo abrió y encontró las siguientes palabras que le dedicaba su padre: “Hijo mío, sólo te queda una bala, te dí el revolver y las balas para que con su ayuda pudieras ser el amo, pero no lo has conseguido ya que has gastado todas tus balas, menos una, ésta debería de ser para ti”.

Futurama

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El señor Frederic Lazarus descansa plácidamente en una mezcla de fluidos a muy baja temperatura. Un recuerdo late en un lugar recóndito de su mente, Fred, no te acerques tanto, unos chavales corriendo con sus pesadas mochilas, Fred, ven aquí!!!
El señor Lazarus despierta en una extraña habitación de hospital, la cama está integrada en el suelo y las paredes, en una única pieza, no parece haber ningún otro accesorio en toda la habitación, ni puertas ni ventanas, intenta moverse, pero hay algo invisible que le impide moverse. De repente se abre una puerta y entra un hombre, en realidad traspasa la pared como si esta fuera líquida, la pared vuelve a ser completamente lisa una vez éste ha pasado.
El hombre parece ignorarlo, va vestido con un extraño traje blanco que se adapta perfectamente a la forma de su cuerpo, sin costuras, dobleces ni arrugas, mira a la pared que se llena de símbolos extraños que el señor Lazarus no puede comprender y mueve sus manos como si estuviera tocando un piano invisible.
“Se sorprenderá de encontrarse aquí, ¿no es cierto?, señor Lazarus” éste se sobresaltó al escuchar de repente la voz de aquel hombre, atlético y de una edad incierta. “Lleva usted aquí casi doscientos años, tuvo usted un accidente ferroviario y su cuerpo quedó en bastante mal estado. Su familia se gastó dos millones de dólares en encargar a nuestra empresa, Phoenix Corporation, mantener su cuerpo vivo, en animación suspendida de manera que no envejeciera, y así cuando la ciencia fuera capaz de curar sus heridas podría ser revivido. Pues bien, ha llegado el momento, desde su época hasta la nuestra la medicina ha conseguido logros increíbles, lo que hemos tenido que hacer para devolverle a usted a la vida sería considerado un milagro no hace tanto tiempo.
El mundo a cambiado mucho en su ausencia, se han eliminado los grandes males que había padecido la humanidad a lo largo de la historia, el hambre ha sido erradicada y las guerras abolidas, todos tenemos nuestro trabajo y no se nos paga dinero sino que es el Estado el que se encarga de cubrir nuestras necesidades, ni necesitamos más de lo que nos dan ni nos dan menos de lo que necesitamos. Se preguntará cómo estamos tan seguros de que nuestras necesidades estén cubiertas, es sencillo, verá, hemos comprobado que es el deseo lo que nos crea necesidades, deseo sexual, deseo de posesión, de poder… si suprimimos el deseo suprimimos aquellas necesidades excepto las ajenas a la propia supervivencia, de manera que inyectando una adecuada dosis de endorfinas el deseo puede ser suprimido. Evidentemente hay problemas, en primer lugar el deseo sexual, en sus tiempos el deseo sexual era necesario porque era el método que tenía nuestra especie de poder perpetuarse, pero esto hoy en día no es necesario, se han desarrollado programas de reproducción externa al cuerpo humano, de esta manera el control de la natalidad es automático, con ello impedimos la superpoblación y la pervivencia de determinados genes que se consideran problemáticos. También está el hecho de que las aspiraciones humanas son precisamente el vehículo del progreso, no lo negamos, pero es posible inducir artificialmente las aspiraciones que sean necesarias en una persona, de acuerdo con su perfil de aptitudes. Todos recibimos automáticamente una inyección diaria de las sustancias que se encargan de inhibir los deseos e implantar nuestras aspiraciones.
También se preguntará que ha sido de su familia, lo cierto es que no entra dentro de nuestras atribuciones hacer un seguimiento familiar de nuestros clientes pero hemos podido averiguar que continúa vivo un sobrino tataranieto tercero suyo, en estos momentos reside en un centro de tratamiento de la tercera edad en Namibia, si usted lo desea le podremos dar sus señas para que ponerse en contacto con él.
Bien, señor Lazarus, quizás haya sido demasiada información para que usted la pueda asimilar en tan poco tiempo, será mejor que descanse, le acompañaremos hasta su domicilio y mañana pasaremos a buscarle para su rehabilitación, tenemos que hacer algo con esa barriga, podrá usted comprobar que ya no existen barrigas como la suya en esta época”
Vino un hombre, vestido igual aunque diferente al anterior, pero no podría asegurar en qué se diferenciaban, era igual de atlético que el anterior y llevaba el mismo corte de pelo, pareciían tener la misma cara, aunque era diferentes.
No intercambiaron ni una palabra, lo acompañó a una estación de lo que parecía ser un tren, llegaban cilindros plateados a gran velocidad y aunque no llevaban ninguna señal todos parecían saber cuál era el suyo, se subían y bajaban disciplinadamente y hacían cola avanzando lentamente, ya estaban en primera fila y el señor Lazarus vio llegar el suyo, sintió una necesidad irrefrenable de dejarse caer, el tren llegó a alta velocidad y lo arrolló, fue prácticamente volatilizado y todos los presentes quedaron manchados por su sangre.
Dos millones de dólares a la mierda.

Museo ShAk de arte friki

cosas mías, idas de olla 6 Comentarios »

Esta maañana cuando llegué al tren me encontré que me había olvidado de cargar música en la PDa y que no había comprado el periódico como hago habitualmente, horror, ante mí se presentaba la perspectiva de media hora en el tren sin nada que hacer y nada interesante que ver.
Abro la bolsa en un intento desesperado por encontrar ni que fuera un folleto de cualquier cosa o un periódico del mes pasado, nada, pero de repente me fijé en que llevaba en la bolsa la funda de mis gafas, con ellas dentro.
Porque yo uso gafas, bueno, usaba, en realidad debería de usarlas pero no las uso, tengo una dioptría en cada ojo, pero me he adaptado a ello y ando por lo vida sabiendo que lo veré todo borroso a cierta distancia, total, para lo que hay que ver… pues el caso es que hay mucho que ver, no me pongo las gafas por motivos estéticos y sobre todo por motivos ergonómicos, voy mucho más cómodo sin ellas. Pero hoy mirando por la ventana del tren el paisaje era distinto al de todos los días, de repente había pasado de una visión impresionista de la vida a encontrarme en medio de un cuadro hiperrealista.
He estado pensando y mañana igual rompo los cristales de las gafas para tener una visión cubista, o les pego unos brochazos de pintura azul. También puedo tomarme algún tipo de substancia rara para ver a la gente volando.
Aunque quizás lo mejor sea que no vuelva a olvidarme de la música y así poder cerrar los ojos.

El fotógrafo que robaba las sonrisas

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Tenía una cámara de hacer fotos de esas en las que hay que mirar la imágen boca abajo a través de un espejo, metía la cabeza debajo de una cortina y decía “a ver!!! una sonrisa!!!!!” pero no sonreían, sus clientes eran sobre todo hombres de la alta sociedad, que no sonríen, que posan orgullosos y serios delante de sus mansiones, de sus nuevos coches importados, de sus caballos de carreras…
lo que nadie sabía es que todas aquellas sonrisas que los caballeros serios le negaban por orgullo eran capturados por la cámara que tenía en su interior un compartimento hueco y actuaba como una especie de trampa para sonrisas, era una caja con un pequeño agujero y recubierta de espejos, de manera que las sonrisas rebotaban de una pared a otra y no conseguían salir ya que el agujero estaba tapado con un pequeño corcho.
Una vez al mes se pintaba la cara de blanco, una nariz roja y unos enormes zapatos, iba a ver a los niños al hospital, dejaba que le estrellaran tartas en la cara y lanzaba confeti al aire, a los niños les encantaba cuando les hacía el truco de la flor que lanzaba agua. Luego les hacía fotos, pero retiraba el pequeño corcho y los niños se reían como no lo habían hecho nunca.

(C) erykah & ShAkEr (endorphines.net) 2007
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