Mañana nos dirán qué es lo que es el gusiluz, o sea, si es un niño o una niña.
A mí particularmente no es que me de igual, pero no tengo especial preferencia, según la ocasión me imagino con un pequeñajo gamberrete o con un princesita, pero también con una niña a la que le gusta jugar al fútbol o con un sabihondillo al que le va más la geografía que el deporte. Vamos, que venga lo que venga el desprendimiento de baba está asegurado.
Eso si, quiero quitarme la incertidumbre de una vez y empezar a ver cómo mis sueños se van convirtiendo en realidad. Como añadido dejaré de escuchar a los agoreros de turno (más bien las agoreras ya que suelen ser mujeres) que te sueltan a la más mínima: “va a ser un niño (o una niña)” basándose en argumentos tan peregrinos como lo guapa que está la niña (joder, es que la niña es guapa, qué tendrá que ver) o la forma o tamaño de su barriguita. Además te lo sueltan en plan: será XX (o XY) porque lo digo yo, en plan maldición, y lo que opines tú o las leyes de la genética me importan una mierda. Y luego se atribuirán poderes adivinatorios, coño, que hay un 50% de probabilidades, estoy pensando en convertirme en adivino y ganarme la vida con ello, yo prometo que acierto el sexo de los bebés de las embarazadas, y si me equivoco, devuelvo el dinero
Bueno, pues eso, que mañana (probablemente) lo sabremos, eso si, tendremos que soportar aquello de: “¿Ves? ¡Te lo dije!”
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