Domingo por la tarde, caía un solete magnífico de esos que puedes andar en manga corta sin pasar ni frío ni calor, acbábamos de comer con la suegri y estábamos los 3 en el patio, todavía con un poco de puntillo del vino de la comida, se juntaron los 3 bichos, la pepeta, la patu y el moe y empezaron a hacer de las suyas.
Se nos pasó el tiempo vilando viéndolos jugar, la tortuga a los suyo, recorriendo el patio de punta a punta e, inasequible al desaliento, escalando cuanto obstáculo se le pusera por delante, el gato a sus anchas, oliéndolo todo, comiendo cuanta planta estuviera a su alcance y tomando el sol encima de la casa de la toruga. Mientras tanto la patu daba brincos, corría de un lado a otro y persegía un improvisado juguete que le hicimos con unos calcetines, se echaba de menos verla yan juguetona y tan feliz, le han quitado el ojo de repuesto pero ha ganado esa vitalidad y alegría que la convertían en uno de los bichejos más adorables del mundo.
Y así “xino-xano” pasó la tarde, disfrutando de ese trocito de cielo que tenemos encima de casa y recordando por qué a pesar de las (puñeteras) escaleras, de la hipoteca, de que parezca que sea imposible (que lo es) tenerla completamente limpia, todo ello nos merece la pena.

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