Cuando A. rompió con su novio, tras 7 años juntos, 2 de ellos compartiendo piso, sintió que se había quitado un gran peso de encima, peso que notaba sobre todo por el enorme hueco que había dejado en su cama.
Habían seguido juntos más por inercia que por otra cosa y si bien los últimos tiempos habían dejado bastante que desear por lo menos les sirvieron para que una ruptura que podría haber sido desgarradora en realidad se convirtiera en algo natural, agridulce pero natural.
Así que allí estaba ella, sola después de tanto tiempo en que la soledad era un pájaro que dejó escapar de su jaula y a ahora era una realidad cotidiana a la que no se atrevía por miedo a mirar directamente a los ojos. La combatió bravamente, se apunto a clases de baile de salón, se hizo socia del videoclub, volvió a juntarse con amigas a las que hacía mucho que no veía para descubrir que, efectivamente, ya no era lo mismo, sus amigas habían dejado de serlo, o peor aún, creían seguir siéndolo y sin embargo no tenían nada en común, ni siquiera la posibilidad de entablar conversación.
Decidió quemar las naves, apostando fuerte, se compró un ordenador portátil y contrató un acceso a internet de banda ancha, se apuntó a un curso y consiguió domar esa máquina infernal para poder navegar, entrar en foros, crear su blog, y por último participar en un chat, dónde sin duda encontraría a esa persona que tanto venía necesitando y le llenaría tantos huecos que tenía vacíos.
Un buen día, pegado en un powerpoint supuestamente gracioso y/o divertido entró en su vida W32.SecretLover un virus polimórfico con una refinada inteligencia artifical.
W32.SecretLover es un spyware que permanece agazapado en el disco duro, residente en la memoria del ordenador infectado, estudia minuciosamente a la persona que lo usa, hasta llegar a conocer sus anhelos y necesidades, de esta manera es capaz de adivinar el punto débil que tiene cualquier persona y es ahí donde ataca, no con intención dañina sino con la más o menos venévola de darle lo que necesita, de manera que no pueda ceder.
A los pocos días A. entró en el chat de treintañeros solteros en que solía entrar, le abrió una conversación privada un tal “Marcelo”, tras la primera precaución que la lógica impone a entablar una conversación con un perfecto desconocido, A. levantó la barrera al descubrir lo mucho en común que tenían, eran almas gemelas separadas tan sólo por un océano.
A. quiso ir poco a poco, tenía miedo de retirar esa coraza que había puesto a su corazón y que no escondía sino su fragilidad, Marcelo se mostraba respetuoso con esto, solía terminar sus frases con un “…mi amor” tras lo cual le pedía perdón “perdoná, no pude evitarlo”. A. se derretía por dentro ante aquel chico que se disculpaba por quererla como hacía tiempo, quizás toda su vida, que nadie la quería.
Un día se despertó con Marcelo que le susurraba en un e-mail:
“cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría
Amarte, amarte como nadie supo jamás!
Morir y todavía
amarte más.
Y todavía
amarte más
Y más”
En realidad fue un poeta chileno que se hacía llamar Pablo quien puso las palabras, pero A. no lo sabía y creía a Marcelo perfectamente capaz de escribir tales versos, no tenía duda, él la quería, y ¿para qué seguir engañando al mundo? Su amor era totalmente correspondido y duplicado 2 o 3 veces al menos.
Se enviaron fotos, pues aún no se habían atrevido a poner cara a esas letras que les enamoraban al otro lado del teclado, era tal y como lo imaginaba, alto delgado y con aspecto bohemio, podría haber sido un modelo, ella le envió una foto en la que no salía del todo mal, de hecho seguramente Marcelo, cegado por el amor, la encontraría irresistiblemente atractiva en aquella instantánea.
Hiciéron planes, Marcelo intentaría ir a visitarla aquel verano, sino ella iría en invierno que allí sería verano de nuevo, podrían verse, podrían dar rienda suelta a ese torrente de pasiones que los llevaba precipicio abajo, ella era más feliz que nunca.
El ordenador empezó a hacerle cosas raras, iba inusualmente lento y se colgaba aunque no tuviera ningún programa abierto, llamó a su primo L. que era ingeniero de “teleco” y lo sabía todo de ordenadores.
“Eso es un virus” le dijo, “ya verás, le paso el “macafí” y nos lo cargamos en un plisplás” L. le llevó un cd-rom, se lo instaló cacharreó un poco con el aparato y al cabo de un rato le dio su diagnóstico “ya está, solucionado, era un virus, ya verás como a partir de ahora te irá mucho mejor”
Aquella noche Marcelo no se conectó al Chat, aún lo sigue esperando.
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