Cuando murió su padre le dejó solamente un paquete cuidadosamente cerrado y un sobre que debía de abrir cuando fuera mayor de edad.
Pasó una infancia muy dura, su familia no era especialmente querida, habían sido los caciques locales durante años, pero al morir su padre quedaron sólo su madre y él, y los vecinos se cobraron con creces loas años de tragarse bilis y orgullo. Lo perdieron todo y él tuvo que trabajar duro desde que era un niño, el primero en su familia desde hacía varias generaciones que necesitaba recurrir a su esfuerzo (y no el de los demás) para ganarse su sustento.
Cuando cumplió los 16 años decidió que ya era suficientemente mayor como para abrir el sobre y ver qué contenía el paquete, abrió el sobre y encontró una nota y otro sobre cerrado, leyó la nota, decía así: “hijo mío, cuando creas que estás preparado para ser el amo podrás ver qué es lo que contiene el paquete”
Decidió que aún era demasiado joven, no sabía en qué consistía ser el amo y qué consecuencias podría reportarle. Pasó el tiempo, fue madurando y una expresión de dureza se fue adueñando de su cara, sentía rencor hacia los demás, hacia los que se reían de él, hacia aquellos para los que ahora tenía que trabajar. Decidió que era el momento, tenía 19 años.
Primero abrió el paquete, contenía un estuche de madera labrada, lo abrió y vio que en su interior había un revolver y 6 balas, el arma era de un brillo indescriptible, refulgente y limpio, parecía estar hecho de plata. Las cachas eran de nácar más blanco que se podía encontrar. Abrió el sobre y se encontró una nota y un nuevo sobre sin abrir, leyó la nota: “hijo mío, lo que te dejo es este revolver y 6 balas, son las 6 últimas balas que quedan en el mundo, las armas han desaparecido y con esta tu serás temido y podrás ser el amo. Cuando sólo te quede una bala de las 6 abre el último sobre”
Cargó cuidadosamente las balas en el revólver y lo escondió detrás de un armario, tener la última arma que quedaba sobre la tierra le hizo sentir extraño, no sabía qué tenía que hacer exactamente con ella.
Un día, pasadas unas semanas, en la taberna se metió en una pelea, unos borrachos le preguntaron por “la puta de tu madre” y él se arrojó sobre uno de ellos, golpeándole con los ojos cerrados. Lo cogieron, lo agarraron entre varios y le pegaron concienzudamente, se calló al suelo y le patearon las costillas, después, a patadas lo echaron fuera de la taberna. Se levantó, no sabía dónde encontró las fuerzas para hacerlo, renqueante llegó a su casa, dónde su madre, espantada le curó las heridas, fue a su habitación y sacó el revolver de detrás del armario, lo asió, con fuerza, ensayó varias veces en el espejo para aparentar una firmeza que no tenía. Salió de la casa con el arma oculta en el bolsillo de la chaqueta, se encaró con el hombre que anteriormente había insultado a su madre, discutieron, se enzarzaron, echó mano al revolver y le descerrajó un tiro en la cabeza, todo quedó manchado de sangre, sesos y trozos de cráneo, se hizo un corrillo a su alrededor, esgrimió el arma y dijo: “quién quiere ser el siguiente? a que ya no tenéis ganas de reíros de mí y de mi familia, que sepáis que las cosas han cambiado, ahora yo soy el amo”. Salió del bar y llegó a su casa con las piernas temblando, ya no había vuelta atrás.
Dejaron de meterse con él y no tuvo necesidad de volver a trabajar para nadie, a partir de ahora todos trabajaban para él, le pagaban y él garantizaba su seguridad.
Un día se enamoró de una mujer, preciosa y encantadora, lo que todo hombre querría, incluyendo él que era su marido. Se presentó en su casa y le dijo al marido: “quiero a tu esposa, dámela y no te pasará nada” el marido se negó y él no tuvo otra opción que matarlo, la mujer, ya viuda desde entonces vivió aterrorizada, tanto que no le costó demasiado esfuerzo ser una buena esposa.
Vivieron juntos y formaron una familia, tuvieron hijos que fueron todo lo mal criados que él no pudo ser en su momento, todo era placidez en su vida y casi se olvidó de que tenía pistola.
Pero esta placidez sólo existía de puertas adentro de su mansión, en las calles todos le temían, lo odiaban en secreto, en voz baja y con temor a manifestarse y provocar su ira. Pero los suspiros se hicieron sollozos y los sollozos conversaciones secretas, la situación parecía una olla a presión.
Un día se presentó un hombre en la puerta de su casa, aporreó la puerta y exigió hablar con él, lo hizo pasar amablemente, le ofreció una copa, un puro, le pegó un tiro y colgó su cadáver de un poste en mitad de la plaza para que todo el mundo pudiera verlo.
Fue a verlo, su mejor amigo, el único que tenía, le rogó que volviera a ser el de antes, le dijo que hacía tiempo que no le veía sonreír, todo el mundo lo temía, pero también lo odiaba y el odio era más difícil de detener que el cauce de un río. Le pidió que tomara un decisión, o las cosas volvían a ser como antes o lo perdía como amigo. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando lo mató.
La situación se hizo insostenible, tuvo que contratar hombres para que lo protegieran y otros hombres para protegerlo de estos últimos, su casa se convirtió en una fortaleza de la que no entraba ni salía nadie.
Finalmente su madre, la única persona que le quedaba le reprochó lo que estaba pasando. Él montó en cólera: “cómo has podido, tú? por quién he hecho todo esto, cómo puedes reprochármelo, yo lo habría dado todo por ti, sólo he pedido tu confianza y tú no me la has dado”. No lloró cuando le pegó un tiro a su propia madre, ni siquiera cuando dedicó su último suspiro a decirle que le quería.
Recordó que sólo le quedaba una bala y que su padre le había dejado un sobre para tal circunstancia, lo abrió y encontró las siguientes palabras que le dedicaba su padre: “Hijo mío, sólo te queda una bala, te dí el revolver y las balas para que con su ayuda pudieras ser el amo, pero no lo has conseguido ya que has gastado todas tus balas, menos una, ésta debería de ser para ti”.

Posts relacionados con este: