Charles McAlister cogió su máquina de escribir y se enfrentó al vértigo del folio vacío, había cumplido su ritual de todos los días antes de buscar a su huidiza musa, se lavó la cara, retiró la ropa de entre la cama deshecha y llamó a su antiguo amor que todos los días escuchaba sus penas con comprensión y desinterés.
Estaba sin ideas, no se le ocurría nada, en un vaso se sirvió la cantidad habitual de whisky irlandés y siguió devanándose los sesos. Pensó en el papel de fumar que usaba y en sus nuevos zapatos de ante, en la cajera del supermercado y en la exposición en la que había estado la semana pasada o el mes pasado, no recordaba exactamente cuándo.
El teléfono sonó y era alguien no lo suficientemente interesante para ocupar un lugar en la novela, si acaso podría encontrase con la protagonista cuando ésta baja las escaleras de una pensión de mala muerte, que tipo tan insulso, su sola presencia haría que no resaltaran los ojos azules de Ilse, le tenía que colgar enseguida, como siguiera dándole la tabarra iba a perder el día.
Se lió un cigarro de los suyos, como ya no sabía en que pensar se puso a intentar localizar la escena del puerto, necesitaba sentir el aroma a petróleo y pescado podrido, el ambiente decadente de los tugurios en los que el sexo no era más que un aditivo más para el alcohol, quizás debiera de pasarse por allí, hacía mucho que no iba pero no le apetecía nada. Hoy se iba a centrar en la complejidad de la relación de Ilse con el marinero anónimo. Qué dolor de cabeza, otro cigarrito.
¿Qué pondrían en la televisión? no, mejor no verlo, sabía que es débil y sucumbiría a la tentación, mejor hojear aquel libro de Durrel, Lawrence, claro, que se le resiste tanto. De repente tiene una idea, si, parece que promete, es algo que se le ocurrió el otro día en el cine, bien, el guardia de seguridad del almacén en el que apareció el cadáver del marinero actuaba travestido en el tugurio en el que éste conoció a Ilse. Sonaba bien y además esto explicaría muchas cosas. Esta idea se merecía otro cigarrito cargado con el doble de alegría.
Charles ya no puede concentrarse más, le ha llamado su agente; no sabe que le contaba, ni le preocupa, sólo pueden preocuparle ya las palabras que no han sido dichas ni los besos que no han sido dados. Se queda dormido sobre la mesa y con un gesto que afortunadamente no puede ver, sueña con ella, con él y con los angelitos. Ve un prado lleno de caballos salvajes, de repente todo se convierte en una bolsa de papel marrón que lleva asida un niño pequeño, no la soltaría por nada del mundo porque en ella viajan sus ilusiones. Charles no lo sabe aún, lo que lleva el niño junto con su sonrisa es lo más crucial de su novela, lo que le dará su razón de ser ya que también es lo más importante para el marinero del que se enamoró Ilse y al que él no logra olvidar.

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