Aterrizamos a las 9 de la noche del viernes en Valencia y hasta las 6 de la tarde del domingo que cogimos el tren se puede afirmar que fue un fin de semana casi perfecto.
Perfecta la cena preboda del viernes, la boda, el banquete, las copas post-banquete, la selección musical de la fiesta post-banquete (ni un sólo triunfito), el arroz rojo en la Malvarrosa el domingo… ni un sólo pero le pondría a este fin de semana.
Además hemos aprovechado para reencontrarnos con algunos amigos a los que hacía tiempo que no veíamos y hemos tenido ocasión de echar de menos a los ausentes, hemos hecho planes para volver a reunirnos todos como en los viejos tiempos, supongo que descubriremos que cualquier tiempo pasado fue… diferente. Hemos invitado a tanta gente a la casa nueva que como nos tomen la palabra va a haber más lista de espera que en el bulli (halaaaaaaaaa, sageraooooo) e igual el año que viene vamos a ver la fórmula uno, que ya me dirás tú que tripa se me ha perdido en la fórmula uno, pero es una buena ocasión de que nos volvamos a reunir.
Uno de los comentarios más generalizados era lo guapa que estaba la niña, otro lo largo que llevaba yo el pelo y lo feliz que se me veía, yo lo soy, así que debo de llevar muy largo el pelo, porque es cierto que la niña estaba guapísima.
Una anécdota de la boda fue que cuando entró el novio en la iglesia, miró a un lado, miró para el otro y puso cara de sorpresa, el motivo: no conocía a nadie de los que veía, ya que la iglesia estaba abarrotada de mujeres mayores que habían cogido sitio hace mucho tiempo para pasar la tarde “viendo bodas” los invitados “de verdad” estábamos al fondo de la iglesia, de pie y alucinando con las señoras a las que sólo les faltaba sacar las pipas o la calceta para pasar el rato entre boda y boda. Supongo que para aquellos para los que su boda sea el día más feliz de su vida este espectáculo un tanto grotesco no debe ser muy divertido.
Que vivan los novios… pero no tan lejos.

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