El matrimonio M. se podía decir que era un matrimonio feliz, se conocieron de una manera bastante convencional y se casaron enseguida, fueron muy felices y cuidaron a sus hijos que al final se fueron de casa.
No es que hubieran perdido la felicidad, es que habían vivido tanto y habían pasado tantas cosas juntas que dejaron de necesitar las palabras, no hablaban no porque se aburrieran ni porque no tuvieran nada que decirse sino porque no lo necesitaban.
Bastaba con que la señora M. arqueara una ceja para que el señor M. supiera que se había olvidado de bajar la basura y que tenía que hacerlo antes de que pasara el camión.
Seguían haciendo el amor, a pesar de los años que habían pasado, con el mismo ardor que en su juventud, cuando se iban a dormir el señor M. se sentaba en la cama, sentía un estremecimiento que le recorría el cuerpo, se giraba y veía a la señora M. que lo miraba con ojos brillantes, entonces ya sabían lo que tenían que hacer, no necesitaban decirlo.
Un día el señor M. miraba por televisión un documental sobre italia y sintió unas gasnas enormes de ir, pero no dijo nada, al día siguiente se encontró encima de la mesa del comedor unos folletos de una agencia de viajes que su esposa había recogido, unos días más tarde la señora M. encontró en el mismo sitio unos pasajes para dos personas con destino a Roma. No necesitaron decirse que nunca habían sido tan felices en su vida, se miraron a los ojos y ya lo sabían.
Un día el señor M. llegó a la casa después de comprar el periódico, se quedó mirando a su esposa y le dijo:
- Cariño, hoy he visto lo más extraordinario que haya visto nunca, estaba en el bar tomando un café y ojeando los resultados del fútbol cuando entró un vendedor de rosas, pero no era un vendedor de rosas como los demás, resulta que llevaba un pequeño mono atado con una cadena y el mono se paseaba de mesa en mesa, repartía las rosas a quienes las querían, se las cobraba y les devolvía el cambio, y el mono no se equivocaba nunca. Aquí tienes tu rosa.
La señora M. le miró con ojos brillantes como carbones, cogió la rosa y le dio un prolongado beso, de película.
Nunca más volvieron a necesitar hablar.

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