Los miraba desde el asiento de atrás y no podía evitar sentir cierta ternura hacia ellos, se le veía tan enamorados… anoche me di cuenta en la cena, él, que desde pequeño se había acostumbrado a agarrar el pan con la mano mientras comía, residuo de su época en el colegio interno, para que no se lo robaran, se olvidó de su molesta y maleducada costumbre y buscaba continuamente la mano de ella, se la acariciaba, jugaban y la agarraba, para que no se la robaran.
Llevabamos ya varias horas de carretera y pronto llegaríamos, menos mal porque ya estaba necesitando estirar un poco las piernas y echarme un pitillo.
Ella lo miró una vez más, con ojos brillantes y le acarició la pierna, él giró un poco y le guiñó el ojo, ya casi estaban a punto de llegar al destino de sus merecidas vacaciones. Llevaban planeándolas durante meses y les había costado ahorrar durante casi un año el poder permitírseas, ya se veía el mar a lo lejos.
Un momento, espera, ya casi estamos llegando, es la siguiente curva, casi se me pasa, muy bien, chaval, a ver, acelera un poco, vale, aquí es donde se te revienta la rueda, venga, sigue un poco, ahora pegas un volantazo. El coche se pasa la curva de largo y se estrella contra el quitamiedos que no es capaz de detenerlo, sigue su trayectoria, por unos instantes parece que todo está bien, que sólo está continuando y la última parte del recorrido la harán volando. En un momento la flecha plateada pareció quedarse sin impulso y durante un instante se encontró suspendido en el aire, con una panorámica perfecta del valle, el hondo hachazo del precipicio, el bosque arriba en la montaña, la carretera zigzagueante y allá a lo lejos, al final de todo la mancha verdosa de la mar.
Despues de esta breve interrupción el coche ya cayó casi a plomo, se golpeo violentamente contra el suelo y dio varias vueltas de campana, al tiempo que se iba abollando cada vez más, al final del recorrido sólo quedaba un amasijo de hierros retorcidos, una de las ruedas segía girando, como si ella no se hubiera enterado de que no llegarían a su destino y siguiera empecinada en dirección al mar.
Me bajé del coche, me sacudí un poco el polvo y tras comprobar los nombres marque una cruz en cada una de las dos casillas, eran los últimos del día, ya podía irme a casa a descansar, encendí un cigarrilo y seguí andando lentamente, un momento, espera, con las prisas casi me olvido la guadaña.
FIN

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