El sábado, entre las brumas de despertarme con una semi-resaca de esas que sólo me afectan en el estómago, puse la tele y me encontré con una mala noticia.
Ha muerto Vázquez Montalbán, estaba en el Aéropuerto de Bangkok haciendo escala, llegaba desde Australia y volvía a Barcelona, donde esperaba ver esa noche el partido que jugaría su Barça en el Nou Camp.
Lo cierto es que su muerte ha sido muy carvalhesca y por tanto montalbanesca, de viaje.
No lo he leído todo lo que quisiera, pero puedo decir que es de los pocos autores que todo lo que he leído me ha gustado y he disfrutado y aprendido leyéndole, ya sean las aventuras de Pepe Carvalho o ese libro fabuloso que es Galíndez.
Hoy todo el mundo habla bien de él, es lo que toca, aunque sea catalán (y por tanto cosmopolita), comunista (aunque más sentimentalmente que intelectualmente) y del Barça (para esto es más difícil que encuentren excusa), seguramente sea porque se lo merecía.
Ahora si dios existiera era el momento en el que le pedirñia que a Marsé y Mendoza me los vaya cuidando.

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