Me encantan las cosas que me dice, aunque no entiendo ni media palabra.
Se me queda mirando con sus ojos color caramelo , me guiña un ojo y me susurra al oído palabras que me suenan como el mar en calma.
Yo le hablo, le digo que la quiero mucho, que creo que me estoy enamorando de ella y ella me abraza, dice algo que suena así como “wichi wichi” y me aprieta contra ella.
La conocí en la playa, yo estaba sólo y miraba los barcos que salían del puerto, bordeando cuidadosamente el espigón, esperaban en fila a que les llegara su turno, y parecían una procesión de orugas. Ella estaba haciendo lo mismo, unos metros más allá, éramos los únicos en la playa, porque no era temporada playera y amenazaba con ponerse a llover en cualquier momento. Me senté a su lado, no nos miramos y nos quedamos mirando los barcos, comenzó a llover y seguimos allí, inmóviles.
Al hacer el amor con ella paree que no hubiera nada más en el mundo, cuando terminamos, nuestros jadeos son un esperanto para nosotros, a cada “arf arf” mío, ella responde con un “ufff uffffff” y sé que es lo que me quiere decir.
Hoy me ha traido una manzana, roja como sus labios, le he pegado un mordisco y se la he pasado, ella otro y me la pasa, entre los dos nos la hemos terminado.
Ella mira al cielo y me dice algo así como “wachi wachi”, yo le respondo: “cómo te llamas? quiéres casarte conmigo?”

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