Querido doctor:

Muchas gracias por haberme ayudado, hacerme comprender que no es locura lo que puebla mi mente, por haber serviido de válvula de escape en aquellas largas horas de terapia.
¿Recuerda, dóctor, cuando llegué por primera vez a su consulta? era un chico tímido y sin personalidad, al principio las sesiones parecían una tomadura de pelo, yo apenas hablaba y nos pasábamos momentos interminables mirándonos a los ojos, usted intentando escudriñar que es lo que pensaba y yo intentando sacar las fuerzas que me ayudarana intentar ser sincero con usted.
Porque yo siempre había tenido una gran vida interior, la gente pensaba que yo era una especie de retardado, preocupado en mirar al suelo y no sacar las manos de los bolsillos, y sin embargo mi mente estaba poblada de seres multicolores, retorcidos y que emitían vibraciones frenéticas.
Yo sabía que era un superhombre, alguien que estaba por encima de los demás, yo sabía lo que pensaban y podía prever sus reacciones. sabía lo que usted mismo pensaba cuando parecía mirar aténtamente sus notas mientras yo, tumbado en el diván le contaba mi vida. Captaba que usted sabía de mi potencial, confiaba en mi, me ayudaba a salir de mi cascarón.
Pero ahora ha llegado el momento de que el pájaro vuele del nido, tengo derecho a llevar la vida que me merezco aunque las mentes cuadriculadas sean incapaces de darse cuenta de que yo soy diferente a ellos, y diferente a la mayoría de ellos, llevo la marca de Abraxas que diferencia a los hijos de Caín, el mundo está lleno de Abeles que no pasarán a la posteridad.
Es irónico que despues de tanto tiempo hayamos cambiado los papeles, usted en el diván y yo sentado en su escritorio, escribiéndole esta última carta; no me extenderé mucho más, he de partir.
Querido doctor, muchas gracias por haberme ayudado a ser yo, espero que algún día sepa perdonarme el que le haya quitado la vida, no debía permitir que nadie conociera mi secreto.

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