A ti que haces volar las mariposas,
me da miedo usar tu nombre
porque no sé como te llamas.
Tú qué torciste mi destino
sin yo saber lo que estaba ocurriendo.
Quisiera haber estado allí
para poder decirte:
“No, esta vez no, por favor,
necesito que todo sea diferente,
también tengo derecho a ser feliz.”
Pero yo era un ignorante
y no sabía por que motivo
habría de perder el sueño.
Ahora, ya solo y olvidado,
sólo me queda pedirte
que hagas soplar el viento a mi favor
y que yo pueda volver a amar a las mariposas.

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