Le hubiera gustado que Amy hubiera ido a despedirle.
Sentía un sabor dulce en su boca, extraño, ella movía la lengua con avidez, se dio cuenta que no se había sacado el chicle de la boca, era eso. Él la aguantaba con firmeza por la cintura, sin demasiada fuerza pues tenía miedo a romperla, no estaba acostumbrado a tener preciosidades como aquella entre sus brazos. Tan pronto como se le echó encima la chica se soltó de su abrazo de oso, muchas gracias marinero, el fotógrafo le guió un ojo, pero el se quedó embobado, en parte por la situación y en parte por el fogonazo del flash. No se creía aún que aquella chica pizpireta le pidiera un beso antes de partir hacia esa guerra que tan lejana le resultaba, el se lo dio y se quedó como recuerdo el rubor de sus mejillas y un chicle usado en la boca.
La travesía fue larga y aburrida, era la primera vez que cruzaba el Atlántico en barco, las horas parecían pasar más despacio, como si la tensión que se mascaba en el ambiente fuera un lastre que hiciera que las horas, tan cargadas, tardaban el doble en transcurrir.
Un día se armó bastante revuelo, llegaban a El Cairo, pisaban tierra firme y harían una escala de 2 días, los más osados se resarcirían del enclaustramiento, visitando los afamados burdeles de la ciudad; él prefirió quedarse, con un poco de suerte recibiría carta de su novia ya que en esta escala descargarían el correo.
En vez de la carta se encontró una sorpresa, en la portada de una de esas revistas que lee todo el mundo, en la portada salía la foto de una chica preciosa, y él la besaba al tiempo que la agarraba por la cintura y la apretaba contra él.
Las comunicaciones a través del atlántico estaban interrumpidas, Jerry quería sobrevivir, no quería dejarse matar sin hablar antes con Amy.

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