Me despierto con el murmuro de un felicidades, aun dormida bajo caminando hacia el trabajo, soy un año más vieja pienso mientras pateo un papelito azul. Me detengo y en un rápido movimiento lo recojo. Lo miro atonita y me acabo de despertar al instante.
Los 26 empiezan con buen pie: el papelito azul era un billete de 20 euros. El primer regalo del día de mi cumpleaños.
En mi barrio hay un hombre que cada día a eso de las ocho y media de la mañana se planta en la esquina de la calle siguiente a la que vivimos y no se mueve hasta casi entrada la noche. Ahora por las mañanas no lo veo, salgo demasiado temprano y al parecer, la esquina a esas horas puede permitirse estar sola. Pero cuando vuelvo a las dos pasadas, esta ahí dando pequeños pasos rodeándola, como si estuviera atado con hilo dental a ella, no se separa más de tres menos no se si por miedo a que la esquina decida mudarse o de repente le de un aire y se canse de ser esquina y se convierta en calle.
Los sábados y los domingos no falta a su cita, yo creo que la ama en secreto. Un amor extraño y absurdo que solo él comprende y me lo imagino desde la ventana de su casa, observándola por la noche con miedo a que algún perro tenga la desfachatez de utilizarla de orinal, sufriendo por verla tan sola y desamparada.
Shaker que es menos inocente que yo, dice que vigila para alguien que pasa drogas por allí cerca, pero prefiero mi visión de esa enfermiza relación y cuando paso por su lado y veo su mirada triste imagino la desesperación que debe de sentir por no poder llevarse su esquina a casa, meterla en la cama y dormir abrazado a ella.
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